Disfruta de los cuentos en 99 palabras que nuestros auditores nos han enviado.

   
 

HISTORIA CHICANA

 El pinche calor esta sofocándome, por suerte esta Cucho, el viejecillo de las aguas frescas

Un vaso colmado de agua de mango en mi mano, mis anteojos de sol, mi cadena de plata, guayabera remendada y pantaloncitos cortos; yo y mis “accesorios” caminando por la negra arena de la playa, esperando que el sol se sumerja en el agua para intentar cruzar nuevamente.

Ahí, detrás de esos oxidados, graffiteados y corroídos restos de pista de aterrizaje de la guerra del golfo, esta la tierra prometida. La pinche barrera y el pinche río, es lo único que nos separa de la tierra de los gabachos. Con la ayuda de la virgencita y con la experiencia del coyote, pueda llegar a la casa del gran patrón. Me aburrí del agua de mango, voy por una coca cola.

 

Cuento enviado por Jaime Riva Palacios, México

 

 
   
 
   
 

EL TAMBOR AUSENTE DE CHANO POZO

 La preocupación carcomía al tamborilero. No podía trasladarse de su apartamento en New York hasta los barrios de La Habana. Debería estar rompiendo los cueros en plegaria a su padre Changó

 Así se lo dijo antes de partir a la cosmopolita ciudad yanqui: “antes de viajar te haces santo, de lo contrario no regresarás”. Pero no hizo caso. Y ahora estaba en vísperas del 4 de diciembre, día de su santo protector. En los salones del “Río Café” intentó venerarlo al compás de “Manteca”. Mas los balazos de su amigo Cabito dejaron en silencio la bohemia en Harlem. Así su tambor no estuvo ante el altar rojo del dios del rayo y el fuego. Sólo quedó el recuerdo de su clave y el fajo de billetes de mil dólares que escondía en el tacón de su zapato.

 Cuento enviado por al auditora  Marión Aravena, Santiago de Chile

 

 
   
 
 

 
 

EL MAIL DE LA DISTANCIA

 Amado Facundo:

 Aquí estoy otra vez escribiéndote desde New York. Sé que lo hice hace sólo un par de días, pero a través de esta pantalla creo ver tus ojitos sorprendidos de tus primeros años, cuando dejé de verte.

 Ahora tu mirada debe tener la profundidad natural de los guajiros, un tanto agotados por la inclemencia del sol abrasador. Como pasan los años y así no pasa la nostalgia. Pero ya queda poco; aparte del trabajo en la construcción, ahora estoy cantando rumbas en un club de latinos en el Bronx. Más dinero para los pasajes que te traerán definitivamente a pasar los días con este viejo. Cuida y respeta a tu madre, y no abuses de la parranda en el Malecón. Por mi parte tengo que ir a fingir felicidad pal público, a pesar de nuestra lejanía.

 Un abrazo de tu padre

Elíades.

 Esta historia la envió el periodista Emanuel Gannora, Santiago de Chile

 

 
 
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